La melatonina, una hormona natural producida por la glándula pineal, juega un papel fundamental en la regulación del ritmo circadiano, favoreciendo el inicio y mantenimiento del sueño. Aunque es comúnmente utilizada en Estados Unidos por personas de todas las edades como ayuda para el sueño, su uso inadecuado y la falta de regulación pueden generar efectos adversos reales. A diferencia de otros sedantes de venta libre, la melatonina actúa tanto incrementando la somnolencia como ajustando el reloj biológico, lo que la hace especialmente útil en trastornos del ritmo circadiano, como el retraso de fase frecuente en adolescentes. Sin embargo, en EE.UU. la melatonina se considera un suplemento dietético y no un medicamento autorizado por la FDA, lo que implica variabilidad en la concentración y calidad entre distintas marcas, incluso con hallazgos de productos etiquetados erróneamente o contaminados con cannabidiol (CBD). La evidencia científica recoge estudios controlados que avalan la seguridad y eficacia de la melatonina en niños y adolescentes, incluidos aquellos con trastornos del neurodesarrollo como el autismo o el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). Las dosis recomendadas varían según la edad, con límites máximos sugeridos desde 1 mg en niños pequeños hasta 5 mg en adolescentes, administrados aproximadamente 30 minutos antes de dormir. Es fundamental que la melatonina se utilice bajo supervisión médica para asegurar un manejo adecuado del insomnio, prevenir sobredosis y evitar malos usos que pueden derivar en hospitalizaciones, especialmente dada la tentación de los niños por los suplementos en forma de gomitas. Por ello, se aconseja a los padres verificar que los productos tengan certificaciones oficiales como la USP y consultar siempre con especialistas del sueño. Además, las intervenciones no farmacológicas deben considerarse como primera línea antes de iniciar melatonina u otros tratamientos para trastornos del sueño en pediatría.